segunda-feira, 26 de março de 2012

La transparencia holandesa





"En Amsterdam las ventanas ocupan casi todas las angostas fachadas de los edificios, así tendría que ser en una ciudad en donde la luz del día se nos escabulle por varios meses, y en donde la continua masa de ladrillos no deja espacios para ventanales sino al frente y, cuando se corre con suerte, atrás. 

Todos sentimos la necesidad de correr las cortinas, unas veces para evitar la oscuridad en los días invernales y otras para recrear la penumbra en los largos días del verano. Lo difícil es entender que para los holandeses el vidrio, aunque transparente, es la muralla que mantiene la privacidad de su hogar. 
No me sorprende que a mis vecinos les dé la gana estar desnudos en su casa, pero todavía me cuesta entender que se instalen de pie en su ventanal sin prenda alguna encima para atender el teléfono, por ejemplo.
  
Un amigo holandés me dijo que no hay nada más vulgar que verles, que a toda costa se les debe evitar, que no hay persona más corriente que aquella que les ve. Pero ¿qué hacer cuando estoy en mi ventana, mirando al cielo para adivinar si lloverá, pensando si debo cargar con el impermeable o con el paraguas (si es que las hojas de los árboles no se mueven), y aparecen ellos? ¿no deberían evitarme a mí? 
¿Por qué no corren las cortinas? ¡pues porque están en su casa! 





Otra historia es la de las casas decoradas con todo detalle, en donde los habitantes están tan orgullosos del orden y la armonía interior, que la ventana está siempre abierta para que, esta vez sí, cualquiera pueda asomarse y apreciar el buen gusto. Habitaciones rara vez ocupadas por personas, como si de portadas vivientes de una revista se tratara. 

Las cortinas están ausentes también en los salones llenos de libros, no importa si todo está en orden o si reina el caos de un genio; aquí también se puede uno asomar con discreción, y reconocer a los intelectuales que habitan el lugar, que si acaso están por ahí, no levantarán la vista de sus libros. 
Lo mismo en las casas de los músicos, en donde los pianos son el mobiliario principal y se puede ver y escuchar a los artistas ensayando, sin perder concentración, aunque los peatones caminemos apenas a unos centímetros del ventanal. 





Se cree que los holandeses renunciaron al discreto encanto de las cortinas con la llegada de los nazis y sus redadas en busca de los judíos. Entonces la gente abrió sus ventanas para que los invasores no sintieran la necesidad de entrar a revisar las viviendas, si podían observar el interior y la vida de quienes ahí vivían desde afuera. Correr las cortinas dejaba un claro mensaje: “aquí no hay nada que ocultar”. 

En el barrio del Jordaan, un céntrico vecindario que fue asentamiento de la clase trabajadora holandesa, las cortinas de gasa o encajes destacan entre las persianas y otros modelos modernos para dejar claro que quien habita las casas es un jordanés original, un vecino que lleva unos 50 años viviendo en la misma casa, o que incluso nació ahí mismo y que nunca se ha mudado. 

El Jordaan ha pasado por un proceso de cambio en su población, porque las viviendas incrementaron mucho su valor, debido a su céntrica ubicación y al carácter pintoresco de sus antiguos edificios, que lo volvieron popular entre los artistas, profesionistas y algunos millonarios.

No tener cortinas parece ahora un signo de libertad, una exigencia de respeto, y sobre todo un asunto de identidad: somos los alóctonos (inmigrantes u holandeses de padres inmigrantes) los que cerramos las cortinas para que no nos vean. Quizá seamos también los culpables de que cada vez haya más cortinas, porque muchos de los que llegamos desde otras tierras pecamos de indiscretos y de fisgones." Escrito por Laura Dueñaz


Amsterdam, una ciudad que me gustaría muchisimo visitar. Quedarme allá un tiempo, alquilar una casa barco como de la foto arriba. También no taparía las ventanas con cortinas. Me gustó esa idea.

    

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